Soy de las que piensa que la vida nos plantea situaciones para aprender, para superarlas y lograr así subir otro escalón en nuestra escalera particular de aprendizaje personal.

Pues bien, de un tiempo a esta parte ha puesto en mi camino a diferentes personas con las que me une un vínculo de amistad, pero que tienen en común vivir a muchos muchos km de mi casa.

Suelo tener contacto con todos ellos a través de teléfono, email, skype, ...cada día, semana, cada mes, pero contacto físico sólo cada cierto tiempo: trimestral, semestral, con mucha suerte mensual.

Me parece equitativo que los desplazamientos no corran a cargo de la misma persona, sino que se vayan alternando. Sino uno puede tener la sensación de desequilibrio, como que uno de les dos pone más interés en la relación, más esfuerzo en mantenerla, ... aunque está claro que no se puede medir una amistad por todo eso. Hay muchas circunstancias que marcan el ritmo: trabajo, obligaciones familiares, motivos económicos, estado emocional, ...

Así pues tengo dos opciones: o voy yo o espero que vengan ellos. Normalmente, como he dicho antes, una veces voy y otras vienen. Pero ¿y si no lo hacen?

Pues vuelvo a tener dos opciones: o me cuadro por una cuestión de principios, por no sentir que yo hago y el otro no, porque esta vez no me toca a mi, ... o bien doy rienda suelta a lo que de verdad quiero que es ver, estar, disfrutar y compartir con quien es mi amigo/a unos días.

Pues nada, que llevo unos días dándole vueltas y he decidido. Si son mis amigos, si les quiero por ello, si deseo compartir con ellos mi tiempo, y ellos no lo pueden arreglar, pues lo haré yo. Tengo las opciones, los medios, la oportunidad, el tiempo, las ganas, ... no quiero desaprovecharlo todo por cabezonería, porque entonces quién pierde es nuestra amistad.

Y yo no sé vosotros, pero yo les necesito.